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ISSN 1989-4163

NUMERO 35 - SEPTIEMBRE 2012

Pequeño Requiem por Ray Bradbury

David Torres

Las primeras imágenes que nos llegaron del planeta Marte a través de una sonda espacial mostraban una llanura desértica y sembrada de piedras, una desolación mineral sin animales ni vegetales ni una mala bacteria. Nada más que ásperas lomas rojizas y rocas que proyectaban sombras fantasmales en el horizonte. Entonces un reportero se apresuró a preguntar a Ray Bradbury qué opinaba de Marte ahora que la ciencia había demostrado que allí no había vida ni podía haberla. “Claro que hay vida en Marte” replicó Bradbury con su sonrisa descarada e inmortal. “Nosotros somos los marcianos”.

El periodista le había dado la oportunidad de repetir el final prodigioso de Crónicas marcianas, su obra maestra, cuando un niño, uno de los colonos terrícolas en el planeta rojo, pregunta entristecido si ya no quedan marcianos y el padre le replica que están ahí, que mire su propio rostro reflejado en una charca. Ese sentido de la maravilla, del asombro perpetuo, es la marca de la casa, el cordón umbilical que une todas sus novelas y relatos a través de los distintos géneros que cultivó –fantasía, policíaco, ciencia-ficción– con esa cara rubicunda de niño grande, esa inocencia primigenia que no lograban disfrazar ni su pelo blanco ni sus eternas gafas.

Bradbury siempre guardó vivo, en cada página que escribió, el temblor de la infancia. Por eso pocos libros han reflejado la alegría y el éxtasis de la niñez con la delicadeza de El vino del estío, que más que una novela es un canto elegíaco al último verano, ése en el que la adolescencia golpea ya a la puerta y nos despedimos para siempre de juegos y regalos. Douglas Spaulding es Holden Caulfield pero con pantalones cortos, antes de que se volviera un listillo, cuando iba con sus amigos del pueblo a visitar la Máquina del Tiempo, que no era otra cosa que un viejo charlatán que no paraba de contar historias.

A su manera Bradbury también era una máquina de contar historias, un inventivo e inagotable narrador al que encasillamos en el género de la ciencia-ficción por nuestra manía de pinchar mariposas y porque en algún sitio teníamos que meter al tipo que escribió Farenheit 451, aquella meticulosa pesadilla en que los bomberos quemaban libros con lanzallamas. En realidad, Bradbury era un nostálgico y todo ese rollo de los robots y los viajes espaciales le daba bastante igual cuando no llegaba a intimidarlo (lo mismo que a Asimov, que no se subió a un avión en su vida). John Huston, para quien escribió la adaptación de Moby Dick, cuenta la anécdota de que una vez lo llevaba en una limusina y vio que Bradbury, sentado en el asiento de atrás, sudaba copiosamente ante la posibilidad de un choque. Estaban en un atasco y apenas iban a 20 kilómetros por hora pero Huston, que nunca perdía la ocasión de gastar una buena broma, no dejaba de preguntarle al chófer si no estaban corriendo mucho.

Cuando pienso en Bradbury, recuerdo el sabor perdido de mi niñez pero también el terror insoslayable de uno de sus cuentos (La fruta en el fondo del tazón) en el que un asesino principiante se pasa la noche entera en la escena del crimen limpiando una y otra vez sus huellas, un cuento tan perfecto que podría ser anónimo y que me dejó el insomnio de una noche entera repasando una y otra vez sus palabras.

Para un chaval que se había criado y educado leyendo en bibliotecas públicas no podía haber nada más terrible que un bombero pirómano, una metáfora ideal para cualquier dictadura y para la América del senador McCarthy. Una vez explicó que había escrito sus Crónicas marcianas pensando en Las uvas de ira, porque no podía quitarse de la cabeza a aquellos pobres campesinos de Steinbeck que lo habían perdido todo y que recorrían los campos inhóspitos de su país como si caminasen por los desiertos de otro planeta. A Bradbury le aterraba la velocidad porque sabía de sobra que no había ningún destino que no hubiéramos visitado, ninguna historia nueva que contar: ya había pronosticado que en Marte sólo nos acabaríamos topando con nuestro propio asombro. En el futuro que previó, en la escena final de Farenheit 451, un pequeño resto de humanidad intenta preservar el pasado de la tribu memorizando palabra por palabra los libros que merece la pena salvar, las historias que nos seguiremos contando en algún lugar de las estrellas.

Marte

 

 

 

 

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